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MARTES Y JUEVES
15, 30 HS. Y 19,15 HS.
RESISTENCIA Nº 40 - VILLA CARLOS PAZ
TELEFONO 03541 - 15527337
El alma en su lugar.


Todos necesitamos vivir en paz para desarrollar nuestras cualidades en plenitud y encontrar sentido a la existencia. La paz es un bien anhelado pero no siempre sabemos caminar en la dirección correcta hacia donde podemos hallarla.
Muchas veces cultivamos semillas engañosas, en forma de acciones, pensamientos, sentimientos, creyendo que harán florecer la calma del corazón. Esto sucede cuando nuestras percepciones son erróneas a causa de los conflictos interiores que distorsionan la realidad bajo el cristal de nuestras emociones. Sin embargo, en ellas podemos ver el síntoma que nos conduzca a las causas verdaderas. El alma sabe lo que necesita.
Por eso, la paz es fruto, en primer lugar, de un autoconocimiento que me permita reconciliarme conmigo mismo, con mi historia, con mis limitaciones y posibilidades.
Cuando nos disponemos a trabajar en nosotros con alguna disciplina terapéutica es importante llegar a la mirada profunda; sólo ella puede revelarnos que nuestra alma funciona dentro de un orden del amor, concebido como fuerza esencial creadora de la vida.
Así como el agua se adapta a sus cauces o continentes, el amor también se manifiesta como un ecosistema en el que cada elemento está en su lugar y función; cuando esto se realiza hay armonía y paz…en cada elemento y en todo el ecosistema.
Podríamos decir que es como una ley natural de la vida. La verdad que sustenta esta ley es que recibimos la existencia así como luego somos capaces de transmitirla a otros. De padres a hijos las generaciones se suceden creando redes familiares y sociales en las que cada alma se siente implicada.
  La legítima búsqueda de la realización e independencia personal a veces es impulsada por una pseuda interpretación de la libertad y estimulada por la cultura del individualismo; esto puede conducir hasta la fantasía de sentirnos autocreados y desde este pedestal desdeñamos la presencia de otras personas que consideramos obstáculos en nuestro camino; en general suelen ser miembros de nuestra propia familia.
Así alimentamos la   pretensión de excluir del alma todo lo que percibimos como enemigo de nuestros deseos; en una mirada de superficie, es comprensible que las experiencias dolorosas generen la necesidad de distanciarnos de aquello que las provocaron , pero si nos quedamos   en ella, perdemos la dimensión profunda, donde realmente podemos ver el sentido y la trama inexorable de los acontecimientos y las almas.  
    La verdadera autoestima es la valoración de mi ser original dentro del sistema y la auténtica libertad viene de este reconocimiento a quienes nos dieron la vida; la humildad consiste en tomar plenamente esta vida de nuestros padres, con todo lo bueno y lo no tan bueno; sólo así podremos también darla a otros. De este asentimiento depende la plenitud. Santa Teresa de Ávila decía que andar en la verdad es andar en la humildad. Sólo la verdad y la humildad nos hacen libres. Es lo que siempre busca el alma para vivir en paz.
Entonces es de suma importancia conocer los vínculos y las relaciones de las almas porque las heridas y traumas devienen de los inadecuados modos de comunicación de los afectos y las cargas de la vida. Pero, más allá de la cualidad moral de los integrantes de estos sistemas, el orden del amor necesita el lugar claro de cada uno.
La eficacia de una terapia   se ve cuando el paciente logra en su fuero íntimo configurar a cada miembro de su familia y darle a cada uno la función y el peso que las circunstancias crean, asintiendo que es así. De alguna manera, sanar es llevar únicamente el propio peso personal, el que me corresponde. A veces es difícil advertir dentro de las redes si estamos llevando cargas que no son nuestras; esto se conoce sólo por los efectos que produce. Ahora, quien decida llevar cargas de otros debe saberlo conscientemente y asentirlo, para encontrar plenitud en ello.
Muchas dolencias que no se explican pueden ser la respuesta a haber tomado inconscientemente algo que no debíamos llevar porque pertenece a otro miembro del sistema.
Integrar es incluir todo y ello implica aún lo que no me gusta. Esto se ve con frecuencia en las familias o grupos humanos   en los que existe alguien que es rechazado, por diferentes motivos. Cuando comprendo que todo aquello que percibo como negativo, tiene también una función en el sistema, entonces crezco en unidad y paz, porque estoy asintiendo la realidad tal como es, sin contradecir a la Gran Alma, que sabe lo que es mejor para cada uno.   En cambio, todo lo que excluyo se manifiesta como enfermedad física, emocional o mental.
La depresión es hoy una enfermedad muy generalizada y aunque existen diferentes tipos e intensidades, las causas suelen estar en el sistema familiar cuando existe un desorden; la persona depresiva experimenta que hay algo superior a sus fuerzas y no puede con ello. Mientras no pueda ver la relación de cada integrante con los hechos que marcaron el alma de esa familia, no puede salir de su aislamiento y dolor; muchas veces , curar es simplemente ver lo que no se   veía en una primera mirada.
Las enfermedades derivadas del estrés excesivo, que podemos considerar como un desencadenante de trastornos cardíacos, digestivos, articulares, etc.; y que   también   está en la base de muchas fobias y ataques de pánico, tienen muchas causas en los vínculos y relaciones personales, actuales o anteriores.
  La tensión más difícil de llevar es cuando uno funciona y no vive, porque esta queriendo ser quien en realidad no es. Aquí también se evidencian las implicancias en los sistemas familiares, porque es muy común que aquel que ha sido excluído y ya no es mirado por todo el grupo, alguien de la segunda o tercera generación puede identificarse con aquella persona sin saberlo.
La paz siempre es fruto de una profunda reconciliación; es la tendencia natural de las almas porque la vida es posible cuando dejamos de resistir obsesivamente a realidades que no podemos modificar. Por supuesto, que existen otras que, atendidas estratégicamente son transformadoras e inciden en nuestra salud física, emocional y mental.
Aquí me refiero a las actitudes vitales nacidas de la confianza en este orden del amor que busca dejar a cada alma su lugar. Quizás una actitud nueva a cultivar es animarnos a ampliar la mirada, cuando no logramos comprender lo que nos pasa. Tampoco se trata de querer siempre las explicaciones racionales, sino más bien de fiarse en la sabiduría de la vida; no entendemos cabalmente como trabaja, pero sí   podemos ver sus efectos cuando somos dóciles al llamado del alma. Por eso, es necesario confiar más allá de los mecanismos psicológicos, que obviamente no agotan una comprensión plena del ser. La mirada profunda es espiritual.
Reconciliar es una experiencia interna, que sucede cuando somos capaces de asentir incluso el misterio de la vida como se ha dado. Asentir es más que aceptar, porque esto parece resignación a lo inevitable; en cambio, asentir es decirle Sí a la vida tal como es, y de esta actitud tomamos toda la fuerza que ella tiene y nos coloca en una posición activa.
De ella derivan las acciones constructivas y las relaciones sanas entre las personas. También es bueno recordar que la vida es camino y que todo es proceso para aprender a tomarla y darla plenamente.


                                                                                      Nicolás Nanni